Una nueva forma de ver la economía
Hoy en día, la idea generalizada es que la economía de mercado no tiene alternativa o que solo se puede superar mediante la socialización. Tenemos que dejar de lado esa idea.
Por eso, hace falta echar un nuevo vistazo a algunos conceptos básicos de la economía. Tanto la economía convencional como la tradición marxista trabajan con conceptos cuyo significado está marcado en gran medida por la economía de mercado y monetaria que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia. Si quieres imaginar una economía más allá del mercado, tienes que replantearte estos conceptos. Dos de ellos son clave: el origen de los costes y el concepto de sustento.
El siguiente capítulo no desarrolla ninguna propuesta de reforma dentro de la teoría económica existente, sino que introduce un nuevo marco teórico de referencia. El punto de partida son dos supuestos básicos modificados sobre los costes y el sustento. De ellos se derivan las reflexiones posteriores de este libro.
El concepto de coste: ¿cuáles son los costes reales de la producción?
En la economía convencional, todo lo que se utiliza para la producción se considera un coste: materias primas, energía, maquinaria, trabajo, capital. Esta visión parece obvia mientras te muevas dentro de la lógica del mercado. Pero oculta una verdad más sencilla que se hace evidente en cuanto observas la producción desde la perspectiva de la realidad física.
El componente material de todos los bienes producidos y la energía necesaria para la producción provienen originalmente de los bienes naturales: materias primas, fuentes de energía naturales, agua, aire. Estos bienes naturales no los produce nadie. No son productos del trabajo, sino regalos de la tierra y del sol.
Por eso no tienen un precio natural. No hay ninguna fuente que pueda otorgar un valor financiero a estos fundamentos puramente materiales y puramente energéticos de la producción en su camino hacia el producto final, salvo la decisión humana de apropiárselos y exigir dinero a cambio de su acceso.
Si el origen material de todos los bienes es gratuito, entonces todo el valor añadido dentro de la cadena de producción —empezando por la explotación y la extracción de las materias primas y las fuentes de energía— debe generarse exclusivamente mediante el trabajo humano.
El trabajo humano es la fuerza social decisiva que transforma los recursos naturales en bienes de consumo económicamente útiles. Incluso las máquinas y las infraestructuras no son más que trabajo materializado en recursos naturales: trabajo que se realizó en el pasado y que hoy contribuye como fuerza productiva.
De ahí surge una nueva forma de ver los costes: los costes no son una necesidad física de la producción, sino una forma social. Surgen porque las personas tienen que exigir un salario por su trabajo y porque los propietarios de los recursos tienen que exigir dinero a cambio de su uso; no porque la naturaleza o el trabajo en sí cuesten dinero, sino porque quienes trabajan o poseen recursos tienen que ganarse la vida.
Los costes laborales y los beneficios no son, por tanto, hechos técnicos, sino la expresión de una sociedad en la que el acceso a la comida, la vivienda y los servicios está vinculado a los ingresos.
El sustento: por qué hacemos negocios
Hoy en día, la actividad empresarial se asocia casi exclusivamente con la obtención de beneficios. El cliché del capitalista ávido de ganancias marca la percepción pública —y no es del todo erróneo, ya que el mercado realmente recompensa a quienes maximizan sus beneficios y castiga a quienes anteponen consideraciones éticas o ecológicas al beneficio.
Pero este comportamiento no es tanto una cuestión de carácter como del sistema. Si te preguntas para qué sirven realmente los beneficios y los sueldos, te topas con un propósito más profundo que se esconde detrás del dinero.
El verdadero propósito de obtener beneficios y cobrar un sueldo es garantizar el sustento individual. La gente trabaja y gestiona su economía para poder comer, tener un techo, vestirse, cuidar su salud y mantener a sus hijos. Esto también incluye la protección social ante la enfermedad, la vejez y las situaciones de emergencia.
Además, la obtención de beneficios y los ahorros tienen que ver con la seguridad a largo plazo, incluso la de los descendientes. La empresa de hoy debe seguir existiendo mañana, y la familia debe estar protegida también en la próxima generación. Lo que parece una búsqueda del beneficio es, en el fondo, el comprensible deseo de seguridad en un mundo incierto.
A esto se suman, en el caso de los empresarios y empresarias, los gastos de representación, que sirven para asegurar cuotas de mercado y relaciones comerciales. Estos gastos suelen parecer a los de fuera un consumo de lujo y alimentan el estereotipo de los superricos. De hecho, forman parte de la competencia: quien no pueda seguir el ritmo, pierde contratos e influencia. Esta presión tampoco es un fracaso personal, sino una necesidad estructural de la lógica del mercado.
Todo lo que va más allá de lo necesario para el sustento individual, incluida la seguridad social, se destina a la formación de patrimonio en forma de ahorros y capital. Este patrimonio ya no está a disposición del individuo para su consumo inmediato: se convierte en riqueza abstracta, en títulos de propiedad, en participaciones en empresas o en inversiones financieras.
Pero, por lo general, este patrimonio también sirve para lo mismo: garantizar el sustento a largo plazo, prepararse para tiempos de incertidumbre y asegurar el futuro de la próxima generación.
Pero esta lógica tiene una desmesura inherente. En una economía de mercado no hay un límite natural para la riqueza. Quien ha acumulado capital puede reinvertirlo, multiplicarlo y canalizarlo hacia formas de inversión cada vez más novedosas. Así surgen fortunas que superan con creces cualquier medida de subsistencia individual: cantidades de miles de millones que ya no sirven para la previsión, sino para la mera acumulación.
El dinero genera más dinero, sin que ya exista ninguna relación con bienes o necesidades concretas. El mercado financiero se desvincula de la producción real y genera beneficios a partir de las fluctuaciones de los precios, las diferencias de tipos de interés y las apuestas sobre precios futuros. Lo que en un principio era un instrumento de seguridad se convierte en un sistema autónomo en el que la riqueza crece por sí misma, mientras que, al mismo tiempo, hay personas que no pueden cubrir sus necesidades básicas.
Esta desmesura no es una falta moral de individuos aislados, sino la consecuencia de un sistema que no conoce otra lógica que la de la explotación económica. Demuestra que el mercado no conoce límites —y, por eso, produce inevitablemente desmesura—.
La conclusión clave de esta nueva perspectiva es: los costes, los precios y los beneficios no son leyes de la naturaleza. Son instituciones sociales que se basan en una única premisa: que las personas no obtienen su sustento de forma directa, sino que tienen que ganárselo con dinero.
Si esta premisa desapareciera —es decir, si todas las personas tuvieran acceso incondicional a lo necesario para vivir—, también desaparecería la función económica de los salarios, los beneficios y los precios. La economía podría entonces centrarse directamente en lo que la gente realmente necesita, y ya no en lo que se puede vender.
Aquí tienes una visión general completa de esta economía:
https://simple.economy.nu/book-the-simple-economy
Berlín, 24 de julio de 2026
Eberhard Licht
licht at economy dot nu